Tumbados sobre la arena, aun húmeda por el agua de invierno (siempre me ha encantado el olor de la arena en invierno), buscando entre las nubes los tímidos rayos de sol que, agazapados, pretenden sonrojar nuestras mejillas furtivos del viento que nuevamente los oculta.

Nuestras manos entrelazadas acarician cada segundo de todas esas tardes perdidas, de todos los momentos en que el tiempo fue construyendo cada centímetro del presente y forjando cada ladrillo del futuro...
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